Lo que necesita saber: Duelo

Respirar

La ansiedad que surge en la elaboración de un proceso de duelo puede interferir en el acto de respirar. Cuando se tiene ansiedad puede aparecer una aceleración de la frecuencia respiratoria (las respiraciones normales son 18 por minuto) y una sensación de ahogo, lo que provoca que la persona respire aún más rápidamente y se pueda producir una hiperventilación.

 

Por ello es aconsejable

  • Utilizar técnicas de relajación para recuperar la frecuencia respiratoria habitual. 
  • Utilizar la técnica de respiración diafragmática. Esta técnica consiste en tener conciencia de que se puede respirar desde el diafragma y abrir más los pulmones. Se debe inspirar el aire por la nariz y expirarlo por la boca pausadamente, escuchando al mismo tiempo como entra y sale el aire de los pulmones. Si no se puede realizar solo, se debe buscar la ayuda de la persona adecuada. 
  • Aplicar la técnica de relajación muscular progresiva para relajar los músculos. Los ejercicios se realizan tensionando y relajando los músculos poco a poco y es una técnica efectiva para tener conciencia del propio cuerpo y relajarse de forma general. 
    Terapias complementarias: tipos 
  • Buscar, siempre que sea posible, espacios abiertos. Lo mejor es salir al aire libre y en espacios verdes. 
  • Hacer ejercicio físico de forma regular.

 

Se recomienda tener en cuenta todos los consejos generales para adoptar las medidas saludables en relación con la actividad de la vida diaria de: 

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Comer y beber

El proceso de duelo puede ir acompañado de trastornos en la alimentación, como por ejemplo comer demasiado o comer menos de lo que el cuerpo necesita. En la mayoría de los casos, sin embargo, la manifestación más habitual es la pérdida de hambre; se tiende a comer poco y mal. La tristeza hace perder las ganas tanto de comer como de dedicar tiempo para cocinar y preparar los alimentos; pero aunque no se tengan ganas de comer, el cuerpo igualmente necesita los alimentos. También es importante beber líquidos, aunque esto no es tan preocupante porque la ansiedad, como provoca sequedad de boca, hace que la persona tenga la necesidad de beber.

 

Por ello es aconsejable

  • Centrarse en el acto de comer y respetar las cuatro comidas diarias, aunque ello suponga un gran esfuerzo. 
  • Dedicar tiempo a cada comida. 
  • Comer acompañado, preparar la mesa y sentarse. Es importante compartir este tiempo porque hace que se coma más y mejor.            
  • Delegar, si es posible, los primeros días la compra y la preparación de los alimentos a los familiares o a los amigos. El hecho de recibir una comida preparada con delicadeza por otra persona ayuda a comer mejor. 
  • Consumir alimentos variados y bebidas naturales. 
  • Mantener una buena hidratación. 
  • Consumir alimentos ricos en vitamina C, puesto que puede ayudar a mejorar el estado del sistema inmunitario y la estabilidad emocional. La vitamina C participa en la actividad del sistema de defensas y activa la producción de hormonas, de neuropéptidos y de neurotransmisores del buen humor y la motivación. Pero se debe tener en cuenta que la vitamina C se oxida con facilidad cuando está en contacto con el oxigeno, el calor, la luz y la cocción (a partir de los 25 minutos de cocción a 100º C, los alimentos pierden hasta el 50 % de vitamina C). Las principales fuentes de vitamina C son las frutas como el kiwi, el limón, la naranja, la piña y el mango, y las verduras como el brécol, el perejil fresco, el pimiento crudo, la col de Bruselas y los berros.
  • No ingerir alcohol, así se evita la deshidratación y el dolor de cabeza. Además, el alcohol en exceso puede retardar la expresión de las emociones.
  • Recordar seguir las recomendaciones generales para una alimentación saludable.

 
Se recomienda tener en cuenta todos los consejos generales para adoptar las medidas saludables en relación con la actividad de la vida diaria de: 

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Moverse y mantener una postura corporal correcta

El cuerpo humano está diseñado para el movimiento. El sedentarismo (falta de actividad física) incrementa el riesgo de enfermedades. La actividad física es imprescindible para poner en marcha todos los órganos del cuerpo y es buena para paliar la mayoría de enfermedades. Está especialmente indicada para luchar contra el estrés y aprender a controlarlo.

 

Cuando se hace ejercicio físico se libera la tensión muscular y se incrementa el riego sanguíneo del cerebro y la temperatura del cuerpo, lo cual hace aumentar la producción de neurotransmisores antiestrés, que ayudan a mejorar el estado de ánimo. Los neurotransmisores estimulan la glándula pituitaria, que es la encargada de producir endorfinas, sustancias de efecto euforizante que ayudan a ver las cosas de forma positiva.

El ejercicio incrementa la autoestima y la autoconfianza porque mejora la imagen corporal y las capacidades físicas. Así mismo, significa que la persona dedica tiempo a cuidar el cuerpo y la mente. Si el ejercicio físico además se hace en grupo, se aprovecha una gran oportunidad de socialización.

Por ello es aconsejable

  • Salir de casa, solo o acompañado, para caminar, pasear, ir al cine, etc. 
  • No quedarse en la cama aunque la persona se sienta débil. Obligarse a salir. 
  • Siempre que se pueda, es conveniente ir a comprar las cosas que hacen falta en casa para seguir manteniendo la vida y las costumbres de antes de la pérdida. 
  • Si se tienen animales de compañía, concretamente un perro, aprovecharlo para salir de casa y llevarlo a pasear. 
  • Hacer ejercicio físico moderado. Se recomienda hacer ejercicio físico tres veces por semana y 45 minutos por sesión. Así mismo, es mejor hacerlo acompañado o bien en grupo en sesiones dirigidas.

    Consejos de salud: Actividad física 


Se recomienda tener en cuenta todos los consejos generales para adoptar las medidas saludables en relación con la actividad de la vida diaria de: 

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Reposar y dormir

Durante las primeras semanas de elaboración del duelo existe una gran dificultad para poder dormir y reconciliar el sueño; es normal despertarse a menudo. También es normal soñar con la persona que ha muerto, sentir su voz y tener alucinaciones. Ver o sentir presencias es algo que se produce debido a descargas del cerebro ante determinados estímulos. Se debe evitar la creencia de que la persona muerta está interviniendo en nuestra vida.

 

Por ello es aconsejable

  • Procurar que haya un ambiente que favorezca el descanso. Algunas personas prefieren que haya un poco de luz; otras, en cambio, prefieren mantenerlo todo oscuro. 
  • Utilizar ropa cómoda y mantener la temperatura ambiente a 24 o 25º C en verano y a 20 o 21º C en invierno. 
  • Instaurar pautas de higiene del sueño. Antes de ir a dormir, tomar infusiones relajantes, leche caliente, ducharse, etc.;
  • Favorecer las rutinas para la preparación del sueño. Hacer aquellas cosas que se han hecho siempre y que han ayudado a dormir. Ir a la cama a la hora habitual aunque cueste dormir.   
  • Hacer actividades relajantes antes de ir a dormir, como por ejemplo leer, escuchar música, hacer técnicas de relajación, etc. 
  • Consultar al equipo de salud si el insomnio persiste aunque se hayan utilizado medidas no farmacológicas. 
  • Siempre que sea posible, sobretodo las personas mayores, evitar beber líquido a partir de las cinco de la tarde para no tener que levantarse por la noche para ir al baño.


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En las situaciones de duelo es habitual comer menos y de forma no adecuada. En la mayoría de los casos, debido a la falta de apetito y la dificultad que representa en estos momentos ponerse a cocinar, se tiende a picar pequeñas porciones de embutidos, de pan o de galletas. Comer poco o alimentarse mal puede provocar tanto estreñimiento como diarrea.

 

Por otro lado, la ansiedad también puede provocar sudoración excesiva.

Por ello es aconsejable

  • Seguir una dieta equilibrada. 
  • Beber líquido en cantidad suficiente, de uno a dos litros de agua diarios. 
  • Ingerir fibra y establecer unas rutinas, como la de ir al baño cada día a la misma hora. 
  • Si se tiene diarrea, hacer dieta astringente. 
  • Si se tiene mucha sudoración, beber agua o infusiones para compensar la pérdida de líquido.
  • Recordar seguir las recomendaciones generales para una alimentación saludable.


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Evitar peligros y prevenir riesgos

Cuando se vive un proceso de duelo a causa de una pérdida existe riesgo de enfermar. El riesgo de morbididad durante los primeros meses es alto, sobretodo en casos de pérdida por la muerte de un hijo, de la pareja, del padre o la madre en edades jóvenes.

 

Por ello es aconsejable

  • Buscar espacios que proporcionen un ambiente tranquilo y relajado que ayude a concentrarse para recuperar el control. 
  • Evitar los hábitos tóxicos, respetar todas las medidas de protección indicadas en el entorno familiar, laboral y social. 
  • Utilizar mecanismos de afrontamiento efectivo ante la situación de crisis. Expresar las emociones y dejarse acompañar. Aceptar las ayudas externas que garantizan la satisfacción de las necesidades de la vida diaria. 
  • Efectuar revisiones periódicas de salud, sobretodo si se tiene alguna enfermedad crónica, para asegurar el uso adecuado de los medicamentos que se han de tomar. 
  • Preservar la autoestima y la capacidad de tomar decisiones. En el periodo de duelo es aconsejable no tomar decisiones importantes ni hacer cambios importantes en el periodo de duelo; es preferible esperar de tres a seis meses después de la pérdida. 
  • Ser capaz de identificar los pensamientos automáticos que disparan sentimientos negativos asociados a la pérdida y transformarlos en positivos. Por ejemplo, un pensamiento como “no podré conseguirlo“ se puede transformar en “seguro que lo conseguiré”, o un pensamiento como “ya no sirvo para nada” puede convertirse en “puedo hacerlo y seré capaz de hacerlo”. 
  • Consultar al equipo de salud ante cualquier situación de duda o de sufrimiento desbordante.


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Comunicarse e interactuar socialmente

Comunicarse con los otros forma parte del ser humano e implica aprendizaje. Normalizar lo que se siente y se piensa da la oportunidad al otro de poder ayudar. A algunas personas les ayuda explicar la historia de la pérdida y hablar de las emociones; en cambio, otras prefieren no hablar de ello. Nadie debe sentirse presionado a hablar, sin embargo es importante expresar los sentimientos que provoca una pérdida. Cuando no se quiere hablar, se pueden utilizar otros recursos para comunicarse, como por ejemplo escribir, dibujar, pintar, comunicarse no verbalmente (llorar, expresar tristeza, etc.). Expresar los hechos y las vivencias alivia y desdramatiza la situación.

 

Por ello es aconsejable

  • Escuchar al propio cuerpo para tomar conciencia de las sensaciones físicas que se van experimentando en cada momento para poder atender mejor las necesidades. 
  • Estar atento a lo que está pasando sin juzgarlo como bueno o malo, ya que ayuda a vivir el presente y a estar en el aquí y el ahora. 
  • Aprender a aceptar que se está triste sin juzgarse de forma continuada. El juicio severo con uno mismo es una fuente de tensión, de sobreesfuerzo y de lucha interna. 
  • Expresar los sentimientos, las preocupaciones, los miedos y los deseos. 
  • Hablar del pasado: expresar los recuerdos. Hablar del presente: tomar decisiones. Hablar del futuro: acordar, pactar, comprometerse a llevar a término las decisiones tomadas.
  • Compartir experiencias propias con las personas que han sufrido una situación parecida.
  • Darse tiempo, es bueno esperar. Algunas decisiones se han de dejar reposar.
  • Leer, telefonear a los amigos, escribir, dibujar, confeccionar un álbum de fotos, buscar información por Internet, compartir cintas de vídeo donde se muestren recuerdos familiares. 
  • Decir adiós y despedirse de la persona que ha muerto. Pensar como hacerlo, decidir como hacerlo. Decidir como se quiere que sea el ritual del despido (íntimo, participativo, etc.). Tomar aquellas decisiones que uno cree que rinden el homenaje justo a la persona que ha muerto y no delegar esta actividad. 
  • Mantener el contacto con las personas y con el grupo de relación natural. 
  • Asegurar el mantenimiento de vínculos relacionales de confianza y afecto. 
  • Participar en grupos de ayuda mutua o en grupos de duelo, grupos que sirven para compartir experiencias en relación a la pérdida y a su elaboración. 
  • Hacer salidas para mantener el contacto con el exterior, por ejemplo, ir de viaje o ir a ver a los familiares o a los amigos que viven en otra ciudad. 
  • Pedir ayuda para resolver los temas burocráticos. 
  • En el caso de niños y adolescentes, implicarlos en todo lo que puedan hacer.  Esconder la muerte a los niños es un reflejo del miedo de los adultos. No es necesario decir toda la verdad de golpe, pero no se les debe engañar y se les ha de ir preparando para el cambio.
  • En el caso de los adolescentes, evitar que ocupen el lugar de la persona que ha muerto para agradar al adulto. 
  • Consultar bibliografía sobre el tema del duelo y la documentación de autoayuda especializada que hay en la red.


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Trabajar y divertirse

Volver al ritmo cotidiano en las actividades habituales después de un tiempo ayuda a acabar de resolver el proceso de duelo.

 

Por ello es aconsejable

  • Volver a la actividad laboral cuando la persona se sienta capaz de afrontar la situación ante los compañeros de trabajo. 
  • Tener presente que aunque se vuelva a la actividad laboral el proceso de duelo continúa y se debe seguir trabajando con el objetivo de reubicar la pérdida. 
  • En casos de acoso psicológico (mobbing), cuando se hace muy difícil volver al trabajo, asesorarse correctamente con personas expertas en el tema antes de decidir cualquier cambio, sobretodo para preservar los derechos laborales. 
  • Salir con amigos al cine o a conciertos de música, viajar e ir de vacaciones para recuperar todo lo que antes era agradable hacer. 
  • Valorar la necesidad de colaborar con asociaciones de voluntariado que se dedican a ayudar a los otros, como ahora grupos de duelo, grupos de parejas separadas, etc. 
  • En el caso de niños y de adolescentes, es importante que recuperen la normalidad escolar lo más pronto posible porque, por un lado, los maestros y los compañeros pueden ser una ayuda importante en la elaboración del proceso y, por otro lado, es importante que puedan seguir el curso escolar para obtener los resultados esperados y evitar el fracaso escolar. 
  • En el caso de niños y de adolescentes, los padres o el tutor deben hacer un seguimiento de cómo se va desarrollando su hijo en el entorno escolar. Hacer reuniones periódicas con los maestros de los hijos para detectar lo más pronto posible si necesita alguna ayuda por parte de profesionales de la salud expertos en el tema. 
  • En el caso de niños y de adolescentes, es importante que sigan con normalidad las actividades de ocio, que vuelvan al centro recreativo o a la escuela de verano, que hagan salidas, deporte, etc.


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Tópicos y conductas erróneas

No utilizar expresiones tópicas: utilizar determinadas expresiones como por ejemplo "ya sé como te sientes" "ya verás que el tiempo lo cura todo" o "lo que te conviene es ir de vacaciones y distraerte" provoca alejamiento emocional de la persona. Aunque sea verdad que el paso del tiempo cura, hacer mención de ello en estos momentos no ayuda. Tampoco se deben decir cosas como "si necesitas ayuda, ya lo sabes", hay que ofrecerse para cosas concretas. Cuando se utilizan este tipo de frases no se consigue acompañar a la persona en el proceso de duelo, sino todo lo contrario, se transmiten sentimientos fríos y lejanos que aún provocan más soledad. A menudo utilizar tópicos es fruto del estado nervioso y del estrés que provoca una situación de duelo y de no saber qué decir, pero es preferible evitar estas expresiones y no dar consejos sin haber escuchado previamente lo que se necesita. Se puede estar presente cuando se respeta al otro y, sencillamente, acompañándole en su proceso de duelo. Es recomendable no cambiar de tema de conversación cuando la persona que sufre la pérdida tiene ganas de hablar de ello.

 

También a veces se tiene la convicción de que es mejor esconderlo a los niños porque "aquello que no se sabe, no puede hacer daño". No es cierto y, además, se pierde la oportunidad de poder hablar de ello de forma natural y de ayudar a que madure el concepto de la muerte. Cuando se da información clara y adecuada, el niño mismo marcará el ritmo a medida que la necesite.

Se debe valorar si hace falta conocer los detalles de la muerte: puede ser importante conocer los detalles de la muerte y ver el cadáver, ya que saber los detalles de la desaparición de la persona querida ayuda a aceptar la realidad de la ausencia y, en cambio, la falta de información puede generar confusión y fantasías irreales. 

Demostrar rabia, dolor, llanto o desesperanza no significa que exista riesgo de tener una depresión: expresar estos sentimientos es necesario porque permite elaborar el proceso de duelo de forma natural. 

El dolor y las pérdidas forman parte del proceso de vivir: no se han de reprimir sus manifestaciones. Tampoco se han de tomar fármacos con el objetivo de esconder los sentimientos para mostrarse más sereno y dar la sensación de control, ya que los fármacos a menudo enmascaran el proceso de duelo y dificultan su evolución normal. El proceso de duelo es el paso necesario para poder continuar viviendo o para morir en paz.

No olvidar a la persona que ha muerto no significa estar siempre sufriendo: el recuerdo y los vínculos emocionales no desaparecen nunca. El dolor agudo tiene que desaparecer para dar paso a la serenidad. 

Se debe afrontar la pérdida en el entorno natural de convivencia: se recomienda no alejarse del hecho ni del lugar para no desviarse del camino natural del proceso de duelo. 

Se debe valorar cuando es necesario volver a las tareas cotidianas para superar el dolor: conviene darse un tiempo para pensar y vivir el dolor del duro proceso emocional que representa la pérdida. 

Se debe expresar el cariño por la persona ausente libremente, no es necesario hacerlo con moderación: aunque a veces se sobrevalora la firmeza de carácter y la entereza de las personas en un proceso de duelo, ello no tiene que bloquear y se de debe permitir expresar libremente las emociones dolorosas. 

Se debe explicar a los niños y a los adolescentes la realidad para que puedan afrontar el estrés que provoca una situación de duelo: tanto los niños como los adolescentes son capaces de elaborar el propio duelo y entender a su manera lo que está pasando. Si a los más pequeños se les explica que es como si la persona estuviera durmiendo, se puede generar miedo al hecho de ir a dormir, miedo a la oscuridad o miedo a quedarse solos. Hacen una rápida asociación de que dormir quiere decir desaparecer.

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Descripción

Se denomina duelo al proceso funcional que experimenta una persona que ha sufrido una pérdida significativa y que le permite elaborar los sentimientos generados por la misma. No se trata de un trastorno ni de una enfermedad, sino que cumple una función adaptativa a una situación de la vida. Por lo tanto, se debe considerar como una reacción natural, normal y esperada ante cualquier pérdida.

 

La palabra duelo proviene del latín "dolus", que significa dolor, y de "duellum", que quiere decir guerra, combate, desafío. Así pues, la misma palabra indica que el dolor y el combate interno forman el núcleo en la elaboración de un proceso de duelo.

En este contexto, cuando se habla de pérdida se hace referencia a la acción y al efecto de perder, de dejar de tener un objeto. El término objeto se ha de entender en su sentido más amplio, es decir, que puede incluir −sin limitarse a ello−, una relación, una posesión, un ser querido (tanto una persona como un animal), una posición social o una parte o una función corporal. El proceso de duelo empieza después de una experiencia desencadenante, es decir, de una situación de pérdida, de separación del objeto de que se trate.

A menudo se asocia duelo a una pérdida relacionada con la muerte de una persona, sin embargo, el proceso de elaboración del duelo se lleva a cabo cuando se vive cualquier pérdida significativa. De hecho, el duelo se empieza a experimentar desde la primera infancia, cuando se debe de hacer frente a privaciones implícitas en el proceso de crecimiento, como por ejemplo al perder la compañía permanente del adulto, al aprender a compartir juguetes con los otros, etc. Desde el nacimiento hasta la muerte, según las diferentes etapas de desarrollo, tienen lugar cambios específicos que hacen inevitable elaborar determinadas pérdidas.

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Las pérdidas

A lo largo de la vida se pueden vivir muchas más pérdidas que las de la muerte de persones queridas, como por ejemplo las renuncias a los sueños irrealizables, la pérdida de la juventud o de la salud, la muerte de un animal de compañía, la ruptura de una relación (por la separación o el divorcio de la pareja), los abortos (ya sean espontáneos o inducidos), la pérdida del lugar de trabajo, la pérdida de la vivienda, etc. Hablar de duelo, evidentemente, es hablar de dolor y sufrimiento y el grado de afectación en cada persona dependerá del significado que el objeto perdido tenga para ella.


J.L.Tizón García (2004), doctor en medicina y especialista en psiquiatría y neurología, habla de cuatro tipos
de pérdidas: 1. Pérdidas intrapersonales, 2. Pérdidas materiales, 3. Pérdidas evolutivas, 4. Pérdidas relacionales (muerte de un hijo, muerte de un hermano, muerte de un miembro de la pareja, ruptura de la convivencia con la pareja).

 

1. Pérdidas intrapersonales:

Son todas las pérdidas que tienen que ver con uno mismo y con el propio cuerpo, como la pérdida de las capacidades intelectuales y las capacidades físicas a consecuencia de una enfermedad, de un accidente, etc.


2. Pérdidas materiales:

Se trata de las pérdidas de objetos o de posesiones que pertenecen a la persona. Suelen tener lugar cuando se producen cambios de residencia, cambios laborables, etc., que se tienen que hacer por fuerza mayor, como por ejemplo cuando se tiene que cambiar de vivienda y, consecuentemente, también de escuela o de trabajo o cuando tiene lugar la jubilación.


3. Pérdidas evolutivas:

Son las pérdidas que implican los cambios a lo largo de las diferentes etapas del ciclo vital: cambios en la infancia, en la adolescencia, en la juventud, en la adultez y en la vejez.


4.Pérdidas relacionales:

Son las pérdidas relacionadas con el otro, es decir, con las personas que nos acompañan y que son significativas en nuestra vida. Se incluye la muerte de personas cercanas, el hecho de poner fin a una relación (a causa de una separación, un divorcio o un aborto), las privaciones afectivas y los cambios de relaciones y vínculos que comportan pérdidas de amigos, de compañeros de escuela o de trabajo, etc., por cambios inevitables de lugar de residencia.

La mayoría de fuentes documentales consideran que estas pérdidas son las más estresantes. Señalan especialmente que las que producen más impacto emocional son la pérdida por la muerte de un hijo, ya sea por muerte súbita, por accidente o por suicidio, y la pérdida de un hijo no nacido por aborto espontáneo.

4.1 Muerte de un hijo, 4.2 Muerte de un hermano; 4.3 Muerte de un miembro de la pareja; 4.4 Ruptura de la convivencia con la pareja.

 

4.1 Muerte de un hijo

En todas las culturas la muerte de un hijo se considera una cosa antinatural. El estrés que genera es tan intenso que durante el primer año de duelo provoca un aumento considerable de la mortalidad o de la enfermedad en alguno de los progenitores, sobretodo si el hijo es joven.

La muerte de un hijo, sean cuales sean las circunstancias, es uno de los hechos más dramáticos y complejos al que hacer frente, porque afecta completamente la vitalidad de los padres. El estado de choque de inicio impide aceptar los hechos. El dolor es tan intenso que bloquea el pensamiento. Aparecen sentimientos muy confusos que hacen sentir a los padres víctimas de una gran injusticia. Cuando esta experiencia tan desgarradora se resuelve de manera funcional, deja como herencia una madurez y un crecimiento personales que transformarán profundamente a la persona que lo ha vivido.

Aunque ambos progenitores manifiestan que es como perder una parte de uno mismo y que sienten que la vida les ha cambiado para siempre, hay variabilidad entre lo que siente el padre y lo que siente la madre. Ello, entre otras cosas, comporta que haya una falta de sincronización en los momentos de más dolor; una falta de coincidencia en las necesidades sexuales; y sentimientos muy fuertes de irritabilidad hacia el otro. La persona se siente fuera del proceso de duelo de su pareja y tiene dificultad para aceptar que vive la pérdida de una manera diferente. Durante un tiempo persisten sentimientos de culpabilidad por el fracaso en las medidas de protección que se han usado con el hijo, lo cual provoca reproches constantes, y ello hace que se culpabilice al otro de la situación. Así mismo, el hecho de ver crecer a los hijos de los otros puede llegar a ser un hecho insoportable.

En esta situación no es fácil seguir sintiéndose parte de la familia y es muy difícil que la pareja se mantenga junta y unida después de los primeros meses. El resultado es que una de cada cuatro parejas que sufren la muerte de un hijo acaba por separarse.

4.1.1 Accidente o suicidio; 4.1.2 Aborto.

 

4.1.1 Accidente o por suicidio

Cuando la pérdida del hijo es súbita puede resultar muy traumática, especialmente si por accidente o suicidio. En estos casos se  experimenta un profundo sentimiento de desesperación y culpabilidad, generado por la incapacidad de entender qué puede haber pasado y porque se tiene el convencimiento de que seguramente lo habrían podido evitar si hubiesen actuado.  No ha habido ninguna pausa en el tiempo en que la muerte se haya preanunciado,  no ha habido la posibilidad de despedirse ni se ha desencadenado ningún signo de  alerta que prepare para el impacto emocional o que haya ayudado a paliar el  desconcierto inicial. La fase de negación es más larga y profunda porque cuesta más tiempo entender qué puede haber pasado. 

Perder a alguien porque se suicida es también especialmente difícil de afrontar porque, además del profundo sentimiento de culpa y de ira, se suma también el sentimiento de vergüenza, que, a veces, hace que las familias expliquen falsas razones de la causa de la muerte para que el entorno no los culpabilice aún más de la pérdida. Es aconsejable dejarse acompañar por un profesional de la salud.

 

4.1.2 Aborto

En el caso de pérdida por aborto espontáneo, el duelo tiene una gran importancia y trascendencia para la mujer. Implica la pérdida de un proyecto, de sueños y de fantasías previamente elaboradas. El aborto natural, y a veces también el aborto inducido, es una experiencia dolorosa  porque se experimenta una gran sensación de impotencia, que a menudo se acompaña de un sentimiento de culpa por haberlo tenido que hacer o por no haber podido evitarlo. Es un proceso de duelo muy solitario porque el entorno social no le da la categoría de pérdida significativa; la pérdida no es visible y no se hace ningún ritual social de despido. Esta soledad provoca angustia porque a veces no se obtiene una respuesta clara del porqué ha pasado y deja a los progenitores  con la incertidumbre de que puede volver a pasar y que será difícil o imposible  poder ser padres.  

En todos estos casos, para elaborar el proceso de duelo, lo más importante es perdonarse uno mismo para desligar la conducta de la causa y poder vivir el proceso como un hecho inevitable.

  

4.2. Muerte de un hermano

La pérdida de un hermano también es causa de un profundo impacto emocional. Los hermanos supervivientes acostumbran a ser los grandes “olvidados”, porque la familia y los amigos se suelen centrar en el sufrimiento de los padres. Si se da el caso de que quede un único hermano, la situación se puede agudizar todavía más, porque a éste se le añade el sentimiento de culpabilidad de ser el único hijo superviviente.

Cuando la muerte se produce después de un proceso largo de enfermedad, algunos hermanos pueden haber deseado que el hermano enfermo muera para poder reemprender la vida que tenían antes. Este sentimiento no debe hacerles sentir culpables porque forma parte de un proceso normal de adaptación a la situación.


4.3. Muerte de un miembro de la pareja

El proceso de duelo de la pareja, si se produce después de muchos años de convivencia y sobre todo si se daba una situación de dependencia, es más largo y difícil, ya que cuesta mucho alejar de la mente los proyectos compartidos. Se rompe el futuro, el proyecto de vida juntos, la compañía, la seguridad. La tristeza es la compañera habitual durante mucho tiempo.

Cuando socialmente no se reconoce el vínculo, tampoco se reconoce el duelo y, entonces, se habla de duelo desautorizado. En este caso, se tiende a minimizar la importancia del duelo. Esto pasa, por ejemplo, en el caso de las parejas de amantes, de homosexuales y también de las ex-parejas. La expresión de no reconocimiento se manifiesta con expresiones como “no estaban casados”, “sólo eran amigos”, “ahora ya tenía otra pareja”, etc.


4.4. Ruptura de la convivencia con la pareja

La situación de pérdida siempre implica elaborar un proceso de duelo. El proceso será más o menos doloroso según los motivos de la separación, así como también según la forma en que se da el proceso de distanciamiento. Si las dos personas deciden poner fin a la relación será menos doloroso que si sólo lo desea uno de los miembros de la pareja. Cuando el sentimiento que fluye es el desamor, igualmente se inicia un proceso de duelo por la pérdida de aquello que se sentía antes y que ahora ha desaparecido. Es experimentar el desencanto, es perder una situación anterior. Se percibe como una situación de fracaso y se cree que será muy difícil recuperar otra experiencia como es compartir el amor de pareja de forma sincera y plena.

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El proceso de duelo

 

Cuando las personas viven una pérdida, sea a causa de la muerte de una persona significativa o por cualquier otra causa, se desencadena un proceso de elaboración de la pérdida que se llama proceso de duelo, y que no es nada más que el modo que tienen el cuerpo y la mente para adaptarse a la pérdida. Si bien es una respuesta emocional que desestabiliza de manera temporal a la persona que ha sufrido una pérdida, es importante entender que se trata de un proceso evolutivo normal, un proceso de adaptación natural que permite reencontrar el equilibrio que se ha roto por la pérdida.

 

El proceso de duelo se inicia con la toma de conciencia de la posible pérdida. Este hecho moviliza las emociones, que, a su vez, preparan al cuerpo para la acción, es decir, para expresar los sentimientos (de tristeza, rabia, impotencia, el llanto, etc.). La manifestación de los sentimientos es una acción necesaria para tener plena conciencia de la ausencia, de lo que ya no está. Y esta toma de conciencia de la ausencia, el contacto con la temida ausencia, es lo que permite finalizar el proceso: aceptar la nueva realidad.

Diferentes autores reconocidos internacionalmente por sus trabajos sobre las pérdidas y el duelo han descrito como se pueden sentir las personas, cuáles son las diferentes reacciones y sentimientos que manifiestan ante una pérdida significativa y cómo se evoluciona a través de la elaboración del proceso de duelo antes de la aceptación de la pérdida.

Olga Herrero y Concepción Poch (2003), psicólogas clínicas y psicoterapeutas, describen las siguientes características del proceso de duelo:

  • Es un proceso:

    El duelo es un proceso que evoluciona a través del tiempo y del espacio, aunque cuando una persona vive una pérdida tiene la sensación de que el mundo se paraliza y que siempre se quedará así.
  • Es normal:

    El proceso de duelo es algo que todo el mundo vive a lo largo de su vida como reacción a una pérdida significativa, aunque la forma de afrontarla puede ser diferente.
  • Es dinámico:

    La persona experimenta y cambia a lo largo del tiempo con oscilaciones en el cambio de humor, en la sensación de malestar o bienestar. Esto implica que la persona que vive un proceso de duelo entra en situaciones que no son nada estables, sin que ello suponga que se hace un retroceso o que no se avanza en el proceso de duelo.
  • Depende del reconocimiento social

    Cuando una persona vive una pérdida, tanto ella como su entorno son los que reciben el impacto. La persona inicia un proceso individual que al mismo tiempo es también colectivo, puesto que requiere el reconocimiento social explícito de la pérdida para poder elaborar el proceso de duelo con normalidad.
  • Es íntimo

    El componente individual que se desencadena en la situación de pérdida posibilita desarrollar reacciones propias y diferentes de las de otra persona que ha vivido una situación parecida, de manera que lo que se ha aprendido a lo largo de la vida y las propias creencias ante la muerte u otra pérdida influyen directamente en la elaboración del proceso.
  • Es social

    El proceso de duelo, a la vez, es social para poder compartir lo que es íntimo. Las pérdidas se manifiestan socialmente a través de los rituales establecidos en cada cultura. Sentirse acompañado en estos actos es una forma de recibir de los otros el soporte y la estima, lo cual ayuda en la elaboración del duelo. 

    La presión que ejerce el entorno puede dificultar la elaboración del proceso de duelo, porque demasiado a menudo se empuja a la persona hacia una rápida aceptación de la nueva situación, con el fin de que retome lo más pronto posible las actividades que se han dejado de hacer con motivo de la situación de pérdida.
  • Es activo:

    La persona tiene y ha de tener un papel muy activo en la elaboración de la pérdida porque ha de tomar las decisiones que le permiten otorgar el significado de pérdida con todo lo que ello implica: la renuncia para ir reconduciendo el vacío que ha dejado la pérdida y poder seguir viviendo. 

   
El objetivo principal en todo proceso de duelo es elaborar y resituar la pérdida en un tiempo razonable, de una manera adaptativa para prevenir o detectar, lo más pronto posible, un proceso de duelo complicado o disfuncional. Esto implica aceptar la pérdida, sufrir la pena y el dolor emocional y adaptarse al medio sin el objeto del duelo y reconducir la energía hacia otras relaciones u objetos significativos.

La duración de un proceso de duelo es variable y depende de cada persona y de su situación. Los expertos en el tema coinciden en situar la elaboración del duelo en un periodo comprendido entre uno y dos años cuando la pérdida es de una persona significativa, y en un periodo menor cuando el objeto del duelo es otro tipo de pérdida.

 

 

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Tipos de duelo

El proceso de duelo es el mecanismo para adaptarse a una pérdida y, por lo tanto, es un proceso normalizador. Sin embargo, en algunos casos la elaboración del proceso no evoluciona de forma adaptativa y ello puede dificultar sensiblemente la aceptación de la pérdida.

La mayoría de autores clasifican el duelo en tres tipos: 1. Duelo normal, 2. Duelo anticipado, 3. Duelo disfuncional o complicado.

 

1. Duelo normal

Se caracteriza por presentar una serie de síntomas cognitivos, conductuales, emocionales y orgánicos que van apareciendo en el transcurso del proceso. A veces, después de vivir una pérdida prevista desde hace tiempo, puede que no haya manifestaciones características del duelo e incluso se puede experimentar un gran alivio; esta reacción es normal ya que el verdadero duelo se ha hecho antes de vivir la pérdida (duelo anticipado).


2. Duelo anticipado

Se caracteriza porque la persona moviliza los mecanismos emocionales e intelectuales que permiten elaborar la pérdida antes de que se produzca. Se refiere al proceso que pasa con anticipación a la pérdida e incluye los síntomas del duelo normal. Se trata de una conducta normal y, en el caso de personas con enfermedades de larga duración, algunos estudios indican que el duelo anticipado mejora la adaptación de los familiares y la aceptación de la pérdida.


3. Duelo disfuncional o complicado

Se define como la situación en que la persona experimenta un fracaso o una prolongación en el uso de respuestas intelectuales y emocionales mediante las que trata de superar el proceso de duelo provocado por una pérdida real o percibida. La expresión de sentimientos se desborda, se adoptan conductas desadaptativas (comportamiento no adecuado a una situación debido al hecho de que el individuo no se adapta a su entorno por falta de armonía entre los diferentes elementos de su personalidad o por incapacidad para modificar la realidad según las propias necesidades)  y no se avanza hacia una buena resolución.

La angustia que ha dejado el vacío de la pérdida no se consigue elaborar y la persona se encuentra estancada y se ve arrastrada hacia sentimientos obsesivos y, por lo tanto, no efectivos para elaborar el duelo. La persona se queda atrapada en la misma pérdida, como si quisiese retener el objeto que ya no está, porque en el fondo no lo da por perdido. A menudo se superponen trastornos psiquiátricos, como trastornos emocionales, abuso de sustancias tóxicas para paliar los sentimientos dolorosos, estrés postraumático u otras complicaciones que se pueden manifestar como ausencia de pena o inhibición de la pena.

El duelo complicado ha sido objeto de estudio por parte de diversos expertos que han elaborado diferentes clasificaciones.
 
3.1 J. Willian Worden (1997), psiquiatra, propone la siguiente clasificación

  • Duelo crónico:

    La duración de la elaboración del duelo es excesiva y la persona es consciente de que no puede avanzar. Se pueden intercalar manifestaciones llamadas normales, como por ejemplo no experimentar excesiva tristeza en las celebraciones de cumpleaños u otras fechas significativas, con manifestaciones que se consideran patológicas, como son el sentimiento excesivo de culpa, el llanto, el dolor, etc., cuando aparecen dos años después de la pérdida.
  • Duelo atrasado:

    La reacción emocional en el momento de la pérdida no ha sido suficiente para desencadenar los mecanismos de toma de conciencia de lo que ha pasado y la toma de conciencia de la realidad se pospone para más adelante. 
  • Duelo exagerado:

    La persona experimenta síntomas con una intensidad excesiva que la incapacitan. Es un duelo en el que aparecen síntomas clínicos frecuentes: fuertes depresiones, mucha ansiedad. Se estanca en alguna etapa del proceso del duelo y no avanza hacia su resolución.
  • Duelo enmascarado

    La persona no es consciente de que lo que le está pasando está directamente relacionado con la situación de duelo y asocia los síntomas físicos de dolor, dolor de cabeza, etc., y las conductas desadaptativas a un proceso de enfermedad.

 
3.2 J. Bucay (2003), médico psicoterapeuta, llama al duelo disfuncional duelo patológico y lo describe como la expresión de la existencia de una patología previa, es decir, de alguna enfermedad que no se había manifestado y que se desencadena con el proceso de duelo. Identifica cuatro causas que pueden desencadenar un duelo patológico o disfuncional:

  • Cuando el proceso de duelo nunca empieza. 
  • Cuando el proceso se detiene de forma morbosa en alguna etapa del duelo. 
  • Cuando progresa hasta alguna etapa y retrocede indefinidamente hacia alguna de las etapas anteriores. 
  • Cuando se frena para intentar evitar su evolución.

  
J. Bucay clasifica el duelo patológico en cinco grupos: ausente, conflictivo, tardío, exagerado y crónico

  • Duelo ausente:

    La persona sufre un choque importante y el duelo se estanca en la fase de negación de lo que está pasando.
  • Duelo conflictivo:

    La persona no se responsabiliza de su propia salud y utiliza el duelo para obtener compasión de los demás.
  • Duelo tardío:

    La persona tiene un conflicto emocional, tiene sentimientos ambivalentes (en psiquiatría, presencia simultánea de sentimientos opuestos hacia una misma persona o cosa, especialmente de amor y odio), por ejemplo, no sabe si tiene que estar contento o tiene que llorar.
  • Duelo exagerado:

    La persona tiene un desbordamiento de la expresión emocional.
  • Duelo crónico:

    El proceso se instala indefinidamente, sin acabar nunca. La persona queda atrapada en el sentimiento de culpa, no quiere sentir la tristeza que comporta la pérdida, la idealiza y la mantiene en la memoria de forma constante para no aceptar la situación. Nunca se despide.

 
Tanto Worden como Bucay coinciden en que lo importante no es tanto tener clasificaciones que permitan “etiquetar” la situación como el hecho de poder identificar la respuesta disfuncional o patológica lo más pronto posible y encaminar la atención hacia la elaboración de un duelo normal.  

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Factores que influyen en el duelo

La intensidad de las emociones y las alteraciones físicas y psicológicas que provoca una situación de duelo dependen de diversos factores: 

 

  • El tipo de pérdida: relacional, intrapersonal, material, evolutiva o relacional. 
  • Los factores de la historia personal: el conocimiento y el aprendizaje previo de la vida y de la muerte, es decir, como se ha vivido en la familia, en la escuela o en la sociedad en general, si se cree o no que la muerte forma parte del hecho de vivir, etc. 
  • La situación personal y familiar: la composición familiar (si hay niños pequeños o no), si hay dificultades económicas, si no hay acompañamiento de la familia, si se vive solo, etc. También se incluyen los recursos de que dispone la persona, tanto los internos, como la gestión de las emociones, como los externos, como la situación laboral; el nivel socioeconómico; la familia y los amigos. 
  • La sociedad y la cultura: las personas inmigradas, por ejemplo, cuando se encuentran en una cultura de la sociedad de acogida diferente a la de su país de origen pueden tener dificultades para la elaboración del duelo. 
  • La religión, que se entiende como la existencia de un sistema de creencias estructuradas que tratan aspectos espirituales a menudo con un código de comportamiento ético y una filosofía determinada. La religión puede llegar a ser una herramienta de ayuda para las personas creyentes porque piensan que han de aceptar el sacrifico de vivir sin el objeto de la pérdida. 
  • La espiritualidad, que, en un sentido amplio, es la capacidad íntima de los seres humanos de buscar el sentido de la existencia, como por ejemplo las preguntas sobre el porqué de la existencia, del sufrimiento, de la capacidad de estima y de perdonar, así como la capacidad de ver más allá de las circunstancias presentes que permiten a la persona orientar su vida y sobreponerse a las dificultades. La espiritualidad pertenece a un aspecto universal del ser humano que se desarrolla y evoluciona en lo más íntimo del vivir de cada uno y que afecta, a la vez, la relación con los otros.

 
Si el proceso de duelo es por la pérdida de una persona querida, también influyen los siguientes factores:

  • Los duelos previos. 
  • La edad de la persona que ha muerto. 
  • La relación afectiva y familiar con la persona que ha muerto. 
  • La relación de dependencia hacia la persona que ha muerto. 
  • El contexto y la situación en que se ha producido la muerte. 
  • Las causas de la muerte.

 

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Etapas del proceso de duelo

Aunque se describen etapas que marcan la evolución en el proceso de duelo, no hay pautas estrictas y universales, sino que el alivio aparece de forma gradual a medida que se va avanzando en su resolución. El duelo es un proceso único, muy personal, dinámico y cambiante, que depende de las circunstancias, las personas, las familias, las culturas y la pertenencia a una sociedad concreta. Es un hecho trascendental (que afecta en gran manera, que es de una gran importancia por las consecuencias que puede tener) que pasa a formar parte de la historia personal y familiar. También son diversos los recursos que pueden ayudar a hacer frente a la situación: algunas personas quieren el acompañamiento de familiares y amigos; otras prefieren estar muy ocupadas para alejar de su mente los sentimientos que genera la pérdida. Las personas buscan, de forma instintiva, lo que creen que les ayuda y les irá bien.

  1. Etapas de la elaboración del duelo por la propia muerte
  2. Etapas de la elaboración del duelo por la muerte de una persona querida

 

Aunque se han descrito diversas clasificaciones, con sus diferencias respecto al número de etapas, la duración de las mismas, las emociones y las manifestaciones que las acompañan, se debe tener presente que todas, sin embargo, hacen referencia a lo mismo: se tiene que experimentar el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la culpa, etc., para adaptarse a la nueva situación.

Cuando se trata de la muerte de un ser querido, las personas allegadas pueden iniciar el proceso de duelo al mismo tiempo que se les comunica la gravedad de la situación o más tarde, cuando ya ha sucedido la pérdida. A menudo posponen la manifestación de sentimientos de tristeza y llanto para no afectar aún más en el proceso de duelo que está elaborando la persona enferma ni interferir en él.

Por otro lado, es importante considerar que muchas veces la vivencia del duelo provoca cambios en otros ámbitos de la vida. Las relaciones, por ejemplo, pueden cambiar y, en ocasiones, pueden acabar en procesos dolorosos, como separaciones o divorcios de parejas. Se pueden producir cambios de costumbres, cambios de hogar, de ciudad, de pueblo, de trabajo, etc. Pero sobretodo puede haber cambios en la percepción y el sentido de lo que quiere decir vivir. Estas situaciones son especialmente delicadas porque pueden añadir un nuevo proceso de duelo al proceso que ya se está viviendo.

No hay evidencias, sin embargo, que indiquen que todas las personas pasen estas etapas o que hay una secuencia determinada de una etapa a otra para elaborar el duelo. Ahora bien, las explicaciones de las personas que han experimentado pérdidas han dejado huella, por lo tanto, la teoría de las fases del duelo observacional (entendida como la teoría que es fruto de la observación de las personas con proceso de duelo) delimita el duelo en momentos temporales por los cuales la persona irá haciendo camino, sin necesidad de que esta experiencia sea lineal ni de que se haya de pasar por todas las fases o etapas que se indican.

Les etapas del proceso de duelo que han identificado diferentes autores se centran mayoritariamente en la muerte, bien sea en la propia muerte, bien sea en la de una persona querida.

 

1. Etapas de la elaboración del duelo por la propia muerte

1.1 Elisabeth Kübler Ross (1969), psiquiatra, después de observar y conversar con muchas personas que morían en el hospital donde trabajaba como psiquiatra, identificó cinco etapas en el proceso de duelo: negación, cólera, negociación, depresión y aceptación. Si bien inicialmente estas etapas del duelo se identificaron en el proceso de elaboración del duelo por la propia muerte, son extrapolables a cualquier tipo de pérdida.

Negación:

Cuando a una persona se le comunica que tiene una enfermedad con un pronóstico grave, reacciona negando el diagnóstico como respuesta. La persona quiere creer que es un error y busca otra oportunidad. Esta fase de negación le permite una tregua, le da tiempo para pensar. Es un intento de autoprotección contra el dolor y el sufrimiento. La negación es un amortiguador del efecto del choque. El aturdimiento del primer momento hace que no se viva como una situación del todo real.

Cólera:

Cuando se confirma el diagnóstico, reacciona con rebeldía frente a la situación, empieza a preguntarse el porqué. Aparece el sentimiento de envidia hacia las personas sanas; la persona desearía tener la salud de los otros. Todo lo que vive le produce dolor, su situación la llena de odio y de rencor. La autoestima baja por el hecho de “no haber sido la persona elegida” para seguir viviendo.

Negociación:

En esta etapa aparece la tentación de “negociar con el tiempo”, se intenta hacer un trato con quien la persona cree que controla la situación (con uno mismo, con Dios, con el destino, etc.): “me portaré bien”, “seré bueno”, “iré en peregrinación a…”, etc. La negociación es una conducta regresiva (en el sentido de volver atrás) y puede derivar otra vez a la fase de negación.

Depresión:

La persona toma conciencia absoluta de que todos los pasos anteriores han fracasado. Es un proceso de preparación ante la posibilidad de morir pronto. Hay mucho dolor y sufrimiento por la evidencia de lo que está pasando.

Aceptación:

Requiere haber tenido el tiempo necesario para superar las fases anteriores. La persona ha elaborado su muerte, en el sentido de que entiende que se morirá, que ha llegado la hora y de que no lo puede cambiar. La persona que acepta inicia el tiempo de despedida, del perdón de los otros, de la resolución de posibles conflictos anteriores. Esta situación es el camino hacia la paz interna.

 

2. Etapas de la elaboración del duelo por la muerte de una persona querida

2.1 La Sociedad Española de Curas Paliativas (SECPAL) define cuatro etapas secuenciales que el cuidador o la familia elabora en el proceso de duelo:

  • La experimentación de la pena y del dolor. 
  • El sentimiento de miedo, de rabia, de culpa y de resentimiento. 
  • La expresión de apatía, tristeza y desinterés. 
  • La reaparición de la esperanza y la reconducción de la vida.

 
2.2 El Grupo de Estudios de Duelo de Vizcaya describe la evolución del duelo a lo largo del tiempo en seis periodos cronológicos agrupando características sobre lo que pasa en la mente de las personas en el proceso de duelo: 

Duelo anticipado

Es el tiempo caracterizado por el choque inicial ante el conocimiento de un pronóstico y de la negación de una muerte cercana. Los sentimientos son de mucha intensidad emocional y supone un gran impacto para toda la familia. Se sitúa en los primeros días.

Duelo agudo

Son momentos intensos y excepcionales de verdadera catástrofe psicológica, caracterizados por el bloqueo emocional -alteración fisiológica o patológica, funcional u orgánica, que dificulta o impide el funcionamiento normal de una estructura del organismo. El bloqueo mental es la interrupción del curso del pensamiento o de la memoria de manera brusca, a menudo relacionada con factores emocionales. El bloqueo emocional es aquél que origina trastornos en las funciones psicológicas y el bloqueo intelectual es aquél que se manifiesta por un déficit de rendimiento cognitivo-  (no hay capacidad para manifestar ningún sentimiento; no se manifiesta el llanto, ni la tristeza, ni la rabia, etc.), por la parálisis psicológica (no hay capacidad para pensar, para tomar decisiones; y se experimenta mucha confusión) y por una sensación de aturdimiento y de incredulidad ante lo que se está viviendo. Se sitúa en las primeras semanas después de la muerte. 

Duelo temprano

Desde las primeras semanas hasta unos tres meses después de la muerte. Es el tiempo de negación, de buscar a la persona que ha muerto. Los sentimientos son de rabia, dolor y el llanto. Hay un sufrimiento profundo. La persona aún no se da cuenta de la verdadera realidad de la pérdida.

Duelo intermedio

Desde los primeros meses hasta un año después de la muerte. Es un periodo de vivencias contradictorias. Cuando se reinicia la vida cotidiana se empieza a percibir progresivamente la realidad de la pérdida, cuando se echan de menos, y mucho, los roles que desarrollaba la persona que ha muerto. Aparecen duelos cíclicos (cumpleaños, fiestas). Es un tiempo de soledad i aislamiento, de pensamientos obsesivos. A veces quiere decir experimentar vivir solo. Es un periodo decisivo porque significa la renuncia definitiva a toda esperanza de recuperar a la persona perdida. Los periodos de normalidad son cada vez más frecuentes. Se disfruta cada vez más de situaciones que antes eran agradables sin experimentar sentimientos de culpa. El recuerdo es cada vez menos doloroso. 

Duelo tardío

Es el tiempo que pasa desde el primer año hasta los cuatro años después de la muerte. La persona ha establecido ya una nueva manera de vivir basada en nuevos patrones de pensamiento, sentimiento y conducta que puede ser igual de agradable que antes de la pérdida. Puede haber siempre el sentimiento de soledad, ahora bien ya no es el único. Se empieza a vivir en el futuro, no en el pasado.

Duelo latente

Después de pasar por un proceso de duelo de forma sana, nunca vuelve a ser como antes. El duelo es un hecho trascendental que marca las relaciones con los otros. Con el tiempo el dolor es más suave, pero la tristeza se puede reactivar ante cualquier estímulo que recuerde la pérdida. 
 
 
2.3 John Bowlby (1968), psicoanalista
, aporta su visión desde la teoría del desprendimiento, que describe como todo aquello que nos hace dependientes del otro. Las personas mantienen vínculos relacionales imprescindibles para la supervivencia, no sólo porque estas personas ayudan a cubrir las necesidades básicas como la alimentación, el sexo, la compañía, etc., sino desde una vertiente de necesidad social. Este vínculo crea emociones intensas y su pérdida real o percibida desencadena ansiedad y desesperanza.

Bowlby agrupa el proceso en tres etapas primordiales: 

  1. Protesta: se manifiesta con sentimientos de negación y de cólera o furia.
     
  2. Desesperanza: se manifiesta con tristeza y depresión.
     
  3. Desprendimiento: finalmente, llega la aceptación. 

   
2.4 Shulz i Brown (1978), psicoterapeutas
, describen las fases de forma más genérica y en tres apartados secuenciales: inicial o de evitación, de dolor agudo y de resolución del duelo.

  1. Fase inicial o de evitación:

    Es una reacción normal y terapéutica que surge como defensa de la pérdida hasta que la persona es capaz de asimilar gradualmente el golpe. Se dan manifestaciones de choque e incredulidad, la negación puede durar desde horas hasta semanas o meses. Predomina un sentimiento profundo de tristeza y llanto intenso.
      
  2. Fase del duelo agudo:

    Se manifiesta con dolor por la separación y desinterés por lo que pasa en el mundo. Hay sentimientos profundos de rabia y de desorganización generalizada.
     
  3. Resolución del duelo:

    Es la fase final de adaptación a la pérdida, en que se hace la adaptación a las actividades de la vida diaria de forma gradual. Se reorganiza el propio mundo caótico sin la pérdida.

 
2.5 J. Bucay (2003), médico psicoterapeuta, describe las etapas del proceso de duelo como fases que agrupan las manifestaciones necesarias para poder seguir adelante y poder superar la pérdida. Considera que elaborar el duelo no es olvidar, sino recordar con ternura y sentir que el tiempo que se ha compartido ha sido un gran regalo, es entender que el amor no se acaba con la muerte. Les cinco etapas o fases son: incredulidad, furia, desolación, aceptación y poscicatrización.

  1. Incredulidad.

    Es una etapa caracterizada por el choque inicial y la no aceptación de la pérdida. La negación es un intento de autoprotección contra el dolor y el sufrimiento. Se vive en un mundo de ficción, como si la pérdida aún no se hubiese producido y en que lo que ha pasado no se acepta que haya pasado. Es un proceso de confusión que permite distanciarse de la situación. Es necesario que pase un tiempo para elaborar el proceso de duelo. Hay aplanamiento emocional (no se expresan los sentimientos) y se vive con la fantasía de despertar y de que todo sea un sueño. Pasada esta fase, se conecta con el dolor que invade la conciencia real, la de la verdad, y la situación se vuelve desbordante.
  2. Furia.

    Se prepara al cuerpo para ser capaz de soportar la tristeza. Se experimenta un profundo sentimiento de rabia, un fuerte sentimiento de soledad, sin fuerza para sobrevivir. Se visualiza el futuro como un futuro sin sentido, no se tienen ganas de vivirlo y se tiene la fuerte convicción de que no se podrá superar la pérdida. Se experimentan vivencias emocionales contradictorias, se hacen presentes muchos recuerdos y al mismo tiempo se piensa que la pérdida no es real. Se inicia un periodo de recogimiento y de soledad que ayuda a entender la renuncia definitiva. Poco a poco se va perdiendo toda esperanza de recuperar a la persona querida, y se empieza, por lo tanto, a estructurar la realidad. Sin embargo, se alternan dos estados de ánimo opuestos: se cree que la pérdida es real pero se mantiene al mismo tiempo el anhelo desesperado de incredulidad junto con una brizna de esperanza de que todo puede volver a ser como antes. Durante esta etapa a menudo se deben reestructurar los roles familiares, lo cual puede añadir más preocupación a la situación. Así mismo, se tienen sentimientos de culpa hacia las personas que no han hecho nada para salvar a la persona que ha muerto y sentimientos de rabia por el abandono.
  3. Desolación.

    Impera un sentimiento profundo de tristeza por la evidencia de que la situación de pérdida es irreversible y de impotencia por la certeza de que se ha perdido definitivamente a la persona querida. También hay falta de energía para hacer las actividades de la vida diaria. Afloran sentimientos obsesivos encaminados a situar a la persona que ha muerto en un lugar mágico (cualquier lugar que no se puede ver pero que está presente). La desolación hace surgir la identificación con algunos aspectos del otro y tiene lugar una revalorización un poco exagerada de las virtudes reales, que se transforma en idealización.
  4. Aceptación.

    Poco a poco se van recuperando los sentimientos positivos y las ganas de vivir. Es el momento de los pactos con uno mismo y del compromiso con los otros para volver a la normalidad y reanudar las actividades sociales. Es el momento de transformar la energía ligada al dolor en una acción, hacer alguna cosa útil para uno mismo y para los otros. Se interioriza lo que la persona ha significado, se toma conciencia de las cosas buenas que ha dejado.
  5. Postcicatrización.

    Es el tiempo del después. Cuando se elabora una pérdida no se olvida, se recuerda el pasado, pero con el tiempo el recuerdo ya no es doloroso y se puede hablar de la pérdida sin sufrimiento.
     
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Manifestaciones del proceso de duelo

 

Manifestar quiere decir mostrar, dar a conocer de una manera manifiesta, hacer saber alguien lo que piensa, lo que se propone hacer, lo que siente y expresarlo abiertamente.

Worden (1997), psiquiatra, agrupa las manifestaciones normales del proceso de duelo en: 1. Cognoscitivas, 2. Afectivas, 3. Fisiológicas, 4. Conductuales.

 

1. Cognoscitivas  

Manifestaciones de incredulidad, se tiene la creencia de que la muerte de la persona no ha sucedido, de que es un error. Se genera confusión, aparecen dificultades para concentrarse y a menudo hay olvidos. Así mismo, hay preocupación, una obsesión sobre lo que se ha perdido, y un aturdimiento que provoca una intensa inquietud por reencontrar a la persona o al objeto de la pérdida que ya no está. Si la pérdida es la muerte de una persona querida, pueden aparecer alucinaciones visuales, auditivas breves y el sentido de presencia de la persona que ha muerto. 


2. Afectivas  

Manifestaciones de sentimientos de impotencia, insensibilidad, tristeza, apatía, angustia, rabia, frustración, culpa, soledad, enfado, ansiedad y añoranza.

Después de una pérdida significativa, se produce una identificación con lo que se ha perdido producida por los lazos afectivos que se han establecido previamente. Esta identificación da lugar a una sobreestimación de los componentes positivos de la relación. Los sentimientos de culpa aparecen por no haber hecho nada para evitarlo. Cuando la pérdida se refiere a la muerte de una persona y se produce después de un proceso de enfermedad largo, difícil y con periodos de mucho sufrimiento, los familiares pueden experimentar sentimientos de alivio. También se pueden experimentar sentimientos de rabia y enfado con el equipo sanitario cuando se cree que no se ha hecho todo lo que se podía hacer para salvar a la persona que ha muerto. 


3. Fisiológicas  

Se dan muchas posibilidades de enfermar, se tiene la sensación de vacío en el estómago, falta de aire, palpitaciones, opresión en el pecho, dolor de cabeza, falta de energía, alteración del sueño y de la alimentación, hipersensibilidad al ruido, debilidad muscular, boca seca y dolor.

El dolor por una pérdida es total: es un dolor físico, psicológico y social. El dolor físico aparece sobretodo en la fase más aguda del duelo como respuesta al estrés. El dolor psicológico produce un desbordamiento emocional, característico de las primeras etapas del duelo. Y el dolor social es la reacción natural de las personas que sufren la pérdida ante la situación, que es modulado por los propios valores y creencias.

El dolor es un síntoma que acompaña el proceso de duelo desde el inicio, pero que va disminuyendo su intensidad a medida que va pasando el tiempo. Se presenta como un dolor intenso, visceral y profundo. Es un dolor íntimo, es el dolor que hace saber que la persona o el objeto querido no volverán y que se está ante una ausencia para siempre.

Si la pérdida es por una muerte repentina o traumática, el dolor se asocia muy claramente al espacio y al recuerdo constante y persistente de la persona que ha muerto. En este caso, el dolor está estrechamente ligado al recuerdo de lo que ha sucedido y se acompaña de un deseo claro de no hacer nada para curarlo porque se cree que hacer alguna cosa para evitarlo o reducirlo sería una manera de empezar a olvidar. La necesidad de preservar el dolor ayuda a mantener muy viva y cercana la pérdida. Aunque haya la necesidad de relacionar dolor y recuerdo, esta asociación no ayuda a avanzar en el proceso de duelo; la presencia del dolor en fase aguda ha de ser temporal y no ha de durar más allá del primer mes.

Se debe pedir ayuda al equipo de salud cuando, pasado el primer mes, el dolor intenso no disminuye, dificulta seguir con las actividades habituales de la vida diaria, llega a ser incapacitante, provoca falta de concentración o dificulta avanzar en el proceso de duelo. 


4. Conductuales

Manifestaciones de aislamiento social, se llora sin consuelo, se habla con la persona que ha muerto, se manifiesta hiperactividad o hipoactividad, pérdida de interés por las cosas, se deja de tomar tratamiento previamente prescrito por el control de una enfermedad crónica y se abandonan las curas básicas propias o las familiares.

 

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El duelo en las etapas del ciclo vital

Hablar de pérdidas también significa hablar de la vida y del aprendizaje. Desde el momento del nacimiento la persona está sujeta a vivir en compañía de las pérdidas.

Todas las personas experimentan cambios a lo largo de su proceso de vida. Estos cambios se producen para poder adaptarse a las exigencias del entorno. Los cambios del cuerpo son la muestra de la evolución y del desarrollo desde el nacimiento hasta la muerte y forman parte del proceso de madurez.

E. Erikson (1985), psicólogo, considera que el ciclo vital, entendido como las etapas que atraviesa la persona a lo largo de la vida desde el nacimiento hasta la muerte, es un proceso de construcción de la propia identidad. F. Duquesne (1989), enfermera, describe que en cada etapa existen conflictos específicos, los cuales desencadenan mecanismos de afrontamiento que ayudan a adaptarse a la nueva etapa. La resolución positiva de cada una de las pérdidas ayudará a adquirir las competencias y las nuevas capacidades para evolucionar en la trayectoria de la vida. 
 
1. El duelo en la infancia, 2. El duelo en la adolescencia, 3. El duelo en la adultez, 4. El duelo en la vejez 

 

1. El duelo en la infancia

 
Los niños y las pérdidas

Los niños tienen una manera diferente de vivir la aflicción. Detectan fácilmente y con una sensibilidad especial el hecho de que sus sentimientos no sean atendidos o de que el adulto no se los tome seriamente. Cuando esto pasa, deducen que hay sentimientos buenos y sentimientos malos; consecuentemente, pueden sentir que son una mala persona si el sentimiento que experimentan lo han etiquetado también como malo.

La falta de atención complica y dificulta que el pequeño admita abiertamente las propias emociones y las pueda aceptar con normalidad. La muerte de las persones nunca se debería tratar como un tema tabú. Los adultos tienen que explicar la verdad a los niños y transmitirles seguridad y protección.

El pequeño tiene miedo de no reencontrar lo que antes tenía porque generaliza con facilidad lo que ve y siente en el entorno más inmediato, y traspasa el sentimiento de tristeza a todo lo que tiene que ver con las personas que lo cuidan. Por ejemplo, piensan seriamente que los padres ya no estarán contentos nunca más.

El enfado es una emoción natural en el niño que los adultos a veces no entienden. Los más pequeños pueden reaccionar de forma insolente o indisciplinada porque necesitan mucha comprensión; no es nada más que la expresión de una situación de defensa ante el miedo que sienten por la pérdida.

Por este motivo, es importante transmitir que se les hace caso y que sus miedos, sus preocupaciones y sus sentimientos se toman seriamente. Si el adulto esconde la propia tristeza, les transmite más confusión. Legitimar el dolor les hace sentir más protegidos.


1.1 Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses)

Lo más relevante es afrontar las primeras separaciones, como la del paso de la lactancia materna o artificial, cuando el recién nacido se siente muy arropado, hacia una cierto distanciamiento del cuerpo de la madre. El neonato experimenta pérdidas, pero al mismo tiempo descubre otros alimentos que le proporcionan una nueva experiencia de sabores y texturas.

Desarrollo del concepto de duelo y de la muerte:

El recién nacido percibe la tristeza a través de lo que manifiestan y expresan los padres, pero no puede entender aún qué está pasando. Aunque por razones de edad no puede entender qué es la muerte, es muy sensible a la reacción del adulto, al llanto, a los cambios de casa y a la ausencia del contacto físico de la persona que ha muerto. Sabe que pasa algo y ello le afecta. Puede manifestar más llanto y mostrarse más inquieto, lo cual es una manera de hacer saber que existe y que quiere que estén por él.


1.2 Preescolar (de los 19 meses a los 5 años)

Es la etapa de la socialización, el momento de ir a la escuela y compartir juguetes con los hermanos y los amigos, lo que quiere decir experimentar la sensación de pérdida de control de lo que es suyo. Así mismo, desde casa y desde el mundo escolar se le exige más rigor en la disciplina y el esfuerzo. Esta nueva situación se puede acompañar de angustia y de comportamientos emotivos regresivos que le ayudan a reafirmarse en los nuevos roles. La pérdida más significativa es la de comprobar y asumir que ya no es único, sino que debe prepararse para saber compartir con los otros.

Desarrollo del concepto del duelo y de la muerte:

Hasta los cuatro años las personas, los objetos y los otros seres vivos no tienen un límite temporal, cualquier pérdida es vivida como un suceso puntual. No relaciona que la muerte quiere decir pérdida como un hecho definitivo, por lo tanto, la persona, el objeto o el ser vivo volverá a la mente del pequeño y su máxima preocupación será que no estén con él en ese momento. Ante la pérdida de un objeto o de una persona cercana se entristece mucho durante los primeros días, pero, en cambio, es capaz de adaptarse a la pérdida más rápidamente, sobretodo si está acompañado con cariño y comprueba que lo siguen cuidando y que no se queda solo. La principal diferencia entre la pena que siente un niño y la que siente un adulto es que en el niño aparece de forma intermitente, porque el concepto de la muerte es mágico, desaparece y vuelve a aparecer en breve.

La muerte se puede asociar a un estado de abandono, de quedarse solo. Se puede vivir la desaparición de la persona adulta como un castigo por algo que se ha hecho mal y que ha disgustado a la persona que ya no está.

La muerte es inmovilidad y, por ello, a veces forma parte de su juego. Es vida todo aquello que existe para el niño. Tienen vida sus muñecos, los animales de goma, de peluche, etc.

El niño en esta etapa no puede todavía vivir la muerte como una despedida definitiva de la vida. No ha aprendido aún el concepto de que la muerte afecta a todos, que es inevitable y que es definitiva.


1.3 Escolar (de 6 a 12 años)

Lo más relevante es el esfuerzo por el compromiso en las relaciones de amistad. El niño se ha de enfrentar a las exigencias escolares y ha de colaborar en las tareas familiares. A veces tiene que enfrentarse a rivalidades entre los amigos.

Desarrollo del concepto del duelo y de la muerte:

Desde los seis a los diez años percibe que morir es definitivo para los otros pero no para él. A partir de los once años empieza a entender que las pérdidas pueden ser definitivas e inevitables y entiende el fenómeno como irreversible y universal. La toma de conciencia le comporta tener miedo a la muerte y a veces se angustia al pensar que puede perder también a los padres y a las personas cercanas. Ante la muerte de personas muy cercanas puede experimentar el sentimiento de culpa al pensar que él con su comportamiento es el culpable de lo que está pasando. 

Consejos de salud: Infancia

 

2. El duelo en la adolescencia

 
Adolescente (de 13 a 18 años)

Experimenta sentimientos ambivalentes como el deseo de querer ser independiente y al mismo tiempo tener la necesidad de que los padres le marquen un cierto control. Esta etapa es especialmente delicada si experimenta la separación o la muerte de los padres o de personas muy cercanas. Es una etapa en que se experimentan pérdidas evolutivas propias de esta edad, sobretodo los cambios corporales, que, a veces, implican una baja autoestima.

Desarrollo del concepto del duelo y de la muerte:

A partir de los trece años el adolescente entiende que la muerte y las pérdidas son definitivas e inevitables sin ningún tipo de duda. El pensamiento abstracto (capacidad de operar mentalmente, de formar conceptos y de resolver problemas), ya desarrollado en este periodo, hace que el adolescente consiga comprender la pérdida en relación con el espacio y el tiempo, es decir, entiende las consecuencias que pueden haber y se plantea dudas sobre si hay vida después de la muerte.

El adolescente percibe la muerte como un hecho lejano y fruto del azar. Algunos muestran una gran intensidad en la expresión de emociones y pueden mostrarse violentos, adquirir conductas de aislamiento y también iniciarse en el consumo de drogas duras.

El hecho de tener que hacer frente a la pérdida de una persona querida y al mismo tiempo hacer frente a los cambios corporales, las dificultades y los conflictos propios de la edad hace que se añada más sufrimiento al proceso de duelo. La muerte del padre o de la madre en un momento en que se está haciendo el proceso de alejamiento físico y emocional hacia los padres puede hacer que el adolescente experimente un gran sentimiento de culpa. El adolescente a menudo no manifiesta espontáneamente lo que siente y se cierra con su dolor, no quiere hablar de ello porque no quiere añadir más preocupación a los adultos. Quiere responder como un adulto y quiere que los otros lo consideren así, pero ello no quiere decir que le sea fácil explicar la tristeza y la aflicción que siente. Invitarle a que participe en todo lo que pueda hacerle sentir útil y acompañarle en su pena le ayudará a aceptar la pérdida.

Los niños y los adolescentes son personas altamente sensibles a las pérdidas y merecen una especial atención. Viven las pérdidas de manera diferente que los adultos, por este motivo se han de proteger ante el dolor y la tristeza, lo cual no quiere decir que se les evite. Hay muchos mitos sobre lo que los niños y los adolescentes hacen o sienten ante el duelo que conducen al error de pensar que no pueden superar una pérdida, por ello muchas veces se les distancia del proceso de duelo, lo que puede provocar aún más dificultad en la elaboración de su propio proceso.

Los niños y los adolescentes evolucionan en la manera de pensar, adquieren recursos y fortalecen la personalidad mediante las experiencias que les ofrece el hecho de vivir, aunque es indudable que la pérdida de una relación profunda puede provocar interferencias en su desarrollo normal. 

Consejos de salud: Adolescencia

 

3. El duelo en la adultez

 
3.1 Adulto joven (de 19 a 25 años)

El gran reto de esta etapa es la emancipación, vivir fuera de la casa de los padres, establecer nuevas relaciones, vivir en pareja o con un grupo de amigos. Es una etapa muy intensa y vivencial. Se experimenta la responsabilidad de crear un nuevo proyecto, de cuidarse, de alimentarse, de resolver la intendencia del día a día (comprar, limpiar, etc.). Nace un nuevo compromiso, un nuevo trabajo y unos nuevos compañeros. Es la entrada al mundo laboral, que, a veces, no corresponde al mundo que uno se había imaginado, ya que se debe invertir horas que se han de restar de las que se pueden compartir con los amigos o con la pareja. Las pérdidas que se experimentan van desde una nueva gestión del tiempo hasta asumir la responsabilidad total, como la que tiene el adulto. El adulto joven ya no tiene la protección del maestro ni unos padres que siempre están a su disposición.

Desarrollo del sentido del duelo y de la muerte.

A partir de los dieciocho años ya se tiene plena conciencia de lo que significa y, por lo tanto, las manifestaciones y la elaboración del duelo ya son en general las mismas que las del adulto.

 

3.2 Adulto maduro (de 26 a 65 años)

El adulto maduro va haciendo camino hacia la plenitud de la vida. A menudo coincide con el nacimiento del primer hijo que, junto con una gran ilusión, puede implicar la pérdida de intimidad de la pareja. En esta etapa se debe convivir con diferentes pérdidas, como la de los padres, la del trabajo, a veces la de la propia salud, etc. También se debe afrontar la soledad que se experimenta cuando los hijos se van de casa; hay parejas que pasan un verdadero proceso de duelo en estos momentos, puesto que es la clara manifestación de que los hijos ya no los necesitan y se echan de menos las risas, el ruido, las conversaciones y las discusiones de los hechos cotidianos que día tras día tenían con los hijos. Nace una nueva etapa de relación con la pareja. A veces se deben afrontar también divorcios o separaciones. 

Consejos de salud: Adultez

 

4. El duelo en la vejez

 
4.1 Adulto mayor (de 66 a 74 años)

Se han de aceptar nuevos roles y afrontar la pérdida de trabajo por la jubilación laboral. Se han de aceptar los cambios por el envejecimiento del cuerpo, como la lentitud en las respuestas físicas e intelectuales. A veces la pérdida de salud puede implicar además la pérdida de autonomía para las actividades de la vida diaria y la necesidad de ayuda de otra persona. Se ha de afrontar la pérdida de poder adquisitivo y también las pérdidas por la muerte de la pareja y de los amigos.


4.2 Adulto mayor mediano (de 75 a 84 años) y adulto mayor avanzado (de 85 años en adelante)

A partir de los setenta y cinco años la persona es altamente sensible a las pérdidas y merece una especial atención. Es la etapa en la que se debe afrontar la mayoría de pérdidas evolutivas. Hay una pérdida progresiva de la energía (ya no se tienen ganas de salir, de hacer cosas) y también de la autonomía para hacer las actividades de la vida diaria. La mayoría de veces ha de afrontar la muerte de la pareja y a menudo también la muerte de los amigos cercanos. Estas pérdidas comportan perder la compañía, la sexualidad. También se han de afrontar enfermedades que invalidan. La vivencia del sentido de la muerte es muy cercana. 

Consejos de salud: Vejez

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Factores y conductas de protección en el proceso de duelo

Los recursos, tanto personales como del entorno, son indispensables para poder elaborar el duelo. Para que se produzca una buena evolución del duelo existen algunos factores y unas determinadas conductas que ayudan a conseguirlo.

 

Elaborar el proceso de duelo ayuda a entender e interiorizar lo que ha pasado y ayuda a poder hacer planes de futuro. Significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida, aceptar vivir sin el objeto o la persona querida y renunciar a la esperanza de recuperarla. Requiere que la persona haga una nueva definición de si misma y de su situación de vida para poder hacer planes de futuro.

La mayoría de personas pasan por todas las etapas, en cambio, otras sólo experimentan una gran depresión que las conduce hacia la resolución del proceso de duelo. Sin embargo, sea cual sea el proceso individual, siempre se habla de proceso de duelo curativo cuando se puede llegar a la etapa de adaptación a la pérdida.

Hay diversos factores que favorecen la elaboración de una pérdida de forma sana y, por lo tanto, su aceptación. Pero ninguno de estos factores es tan importante como el de poder contar con la presencia de otra persona que realice el acompañamiento del proceso de duelo.

Factores y conductas de protección

  1. Tener información sobre el proceso de duelo, sus etapas y como hacer frente a la situación. Conocer los recursos del entorno, como por ejemplo los grupos de ayuda de duelo. 
  2. Tener compañía, de la pareja, de los hijos, de otros familiares, de amigos, de vecinos, de compañeros de trabajo. Los animales domésticos o de compañía pueden jugar un papel fundamental en la elaboración del proceso de duelo. Los animales hacen posible no desarraigarse de la vida y del entorno, permiten expresar afecto y facilitan la comunicación. 
  3. Poder conversar para expresar los sentimientos, las preocupaciones y los deseos, para conocer la opinión de los otros, para sentirse vivo y transmitir las nuevas expectativas, etc. 
  4. Rituales y ceremonias: Los rituales y las ceremonias que se llevan a cabo para despedir a la persona querida resultan de gran utilidad en el momento de elaborar una pérdida. Cada cultura tiene una forma propia de decir adiós a los muertos. Las ceremonias y los rituales sirven para acompañar y manifestar la estima de familiares y amigos. La mayoría de familias experimentan una gran satisfacción y agradecimiento al comprobar el afecto y el apoyo que demuestran las personas más cercanas durante el ritual. Ésta es también una vivencia que los acompañará de forma positiva durante toda la vida.

    Los rituales protegen a las personas y a las familias en proceso de duelo, sobretodo cuando se puede respetar lo que quería la persona que ha muerto en el caso de que lo haya podido manifestar, y, si no lo ha manifestado, cuando la familia hace lo que cree que la persona que ha muerto habría querido que se hiciese. La expresión de duelo más social es dejar que los otros compartan estos momentos de sufrimiento y de tristeza. Por lo tanto, los rituales: 
    • Ayudan a enfrentarse a la pérdida. 
    • Muestran la realidad de la pérdida, la expresión pública del dolor de los familiares y los amigos. 
    • Reflejan el reconocimiento social de la pérdida y permiten la expresión de solidaridad y apoyo. 
    • Permiten despedirse de la persona que ha muerto. 
    • Confirman, evidencian, que el grupo continúa vivo. 
  5. Evitar la anestesia emocional: a pesar del dolor que comporta cualquier pérdida, es importante evitar la anestesia emocional, es decir, sentirse completamente incapaz de percibir emociones, como si estuviese vacío. La anestesia emocional suele ir acompañada de la toma de psicofármacos, como sedantes, tranquilizantes o ansiolíticos. El hecho de medicalizar el duelo significa darle la categoría de enfermedad. La sedación excesiva por el uso de psicofármacos puede complicar la evolución adecuada del proceso de duelo y provocar un desplazamiento a un tiempo posterior y fuera de contexto de la expresión de los sentimientos sobre la pérdida. Se pierde la vivencia del proceso en el tiempo real, que es muy importante para elaborar un duelo normal.

    En caso necesario, tiene que ser el profesional médico quien tiene que valorar si es conveniente prescribir medicación, el tipo de medicación y el tiempo que se ha de tomar.

 

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Factores y conductas de riesgo en el proceso de duelo

Existen factores y conductas que merecen una especial atención porque indican una mala evolución del duelo.

La pérdida de un objeto o una persona querida se considera un factor vital muy estresante; por este motivo deja a las personas en proceso de duelo muy afectadas y con muchas posibilidades reales de enfermar. Hay estudios que relacionan directamente situaciones de estrés continuado con una disminución de la inmunidad de la persona, o sea, de lo que popularmente se llama las defensas del cuerpo que nos protegen ante algunas enfermedades. Así pues, se pueden desencadenar enfermedades psicosomáticas (enfermedades provocadas por la mente y que generalmente cursan con la presencia de manifestaciones orgánicas), cardiovasculares, ansiedad con depresión severa e intentos de suicidio. Cuando las emociones y los sentimientos no evolucionan de forma positiva en las diferentes etapas el proceso de duelo puede convertirse en un duelo complicado.

Los principales factores de riesgo son: 1. Las circunstancias de la pérdida; 2. La relación con el objeto o la persona; 3. Los recursos personales, familiares y sociales disponibles; 4. Factores adicionales en niños y adolescentes; 5. Posibles manifestaciones de duelo complicado; 6. Posibles manifestaciones de duelo complicado en niños y adolescentes.

 

1. Las circunstancias de la pérdida:

  • Muerte repentina o traumática (accidentes, fallo orgánico). 
  • Muerte por suicidio. 
  • Muerte por homicidio. 
  • Muerte de un niño o de un adolescente. 
  • Pérdidas múltiples a la vez. 
  • Muertes precedidas por otras pérdidas recientes (sobretodo en los nueve meses anteriores). 
  • Incertidumbre de la pérdida (cuando no se ha encontrado el cadáver). 
  • Muertes que tienen lugar como resultado de catástrofes naturales o por causas bélicas. 
  • Pérdida del trabajo por acoso psicológico (mobbing). 
  • Pérdida de la vivienda por accidente.

   

2. La relación con el objeto o la persona: 

  • Pérdida de un hijo, de la pareja o de hermanos en edad joven. 
  • Relación muy dependiente, ambivalente o conflictiva. 
  • Relación que presenta un exceso de culpabilidad por quien sufre el duelo. 
  • Pérdida indeclarable o inconfesable (casos de amantes y de relaciones ocultas).


3. Los recursos personales, familiares y sociales disponibles: 

  • Historia previa de duelos difíciles o duelos anteriores no resueltos. 
  • Pocos recursos personales para el control del estrés. 
  • Vivir solo, poco apoyo de la familia y de los amigos. 
  • Problemas de salud de la persona que sufre el duelo a causa de alcohol u otras drogas. 
  • Vivir lejos de la familia. 
  • Poco reconocimiento sociofamiliar (real o percibido) del significado de la pérdida. 
  • Dificultades económicas.


4. Factores adicionales en niños y adolescentes:

  • Pérdida de la madre en menores de 11 años y pérdida del padre en la etapa de la adolescencia. 
  • Falta de la persona responsable de su cuidado. 
  • Adopción de conductas de riesgo: conducir sin precaución y sin utilizar medidas de protección, abuso de alcohol y de otras drogas.


5. Posibles manifestaciones de duelo complicado: 

  • Culpabilidad excesiva y asfixiante, deterioro de les relaciones familiares durante un periodo de largo tiempo. 
  • Pensamientos intrusos negativos que entran en la mente sin control, como por ejemplo “no lo podré superar”, “tengo ganas de morir”, etc. 
  • Punzadas de dolor intenso que persisten en el tiempo. 
  • Intensa añoranza de la ausencia con una profunda tristeza sin ningún cambio en los primeros seis meses. 
  • Tratar de evitar todo lo que recuerde a la persona o al objeto perdido. 
  • Sentirse mal emocionalmente y sentirse culpable por estar vivo. 
  • No manifestar los sentimientos. Anestesia emocional, es decir, que la persona no reacciona y no expresa ningún estado de ánimo, no puede expresar el llanto ni puede hablar de la pérdida. 
  • Sentirse excesivamente frustrado, manifestando que no se encuentra sentido a la vida.


6. Posibles manifestaciones de duelo complicado en niños y adolescentes: 

  • Llorar en exceso durante periodos prolongados. 
  • Rabietas frecuentes y en periodos prolongados. 
  • Apatía e insensibilidad. 
  • Problemas de sueño durante periodos prolongados. 
  • Cambios en el comportamiento, hablar como un niño más pequeño, querer llamar la atención excesivamente, volver a tener pérdidas de orina cuando ya estaba adquirido el control. 
  • Quejas constantes de dolor en todo el cuerpo. 
  • Imitación excesiva de la persona que ha muerto; querer ocupar su sitio. 
  • Cambios importantes en el rendimiento escolar. Fracaso escolar. 
  • Expresión de sentimiento de abandono. 
  • Relación negativa con una nueva figura en la familia (segundas parejas). 
  • Expresión reiterada del deseo de reencontrarse con la persona que ha muerto. 
  • Indiferencia hacia los otros. 
  • Deterioro de las relaciones familiares, con los amigos o con la pareja. 
  • Baja autoestima.

 

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Manejo del proceso de duelo

 

Las personas, cuando se enfrentan con periodos críticos a lo largo de la vida, utilizan diferentes mecanismos de defensa o de afrontamiento que permiten y ayudan a continuar viviendo sin sufrir en exceso la angustia, la depresión o el miedo que invalida. Utilizar estos mecanismos o estas estrategias a veces quiere decir hacer regresiones, o sea, ir hacia atrás para obtener un respiro, apoyarse en lo que ya se conoce, lo cual ayuda a irse adaptando a la nueva situación.

 

Los mecanismos de defensa o las estrategias de afrontamiento que más se utilizan son: la negación (negar un hecho evidente), la proyección (proyectar la situación en otro contexto que no es real), la dependencia (ligarse excesivamente a otro y creer que forma parte de la propia existencia, crees que sin el otro no se es nadie), el estoicismo (no estar afectado por las pasiones, manifestar indiferencia tanto del placer como del sufrimiento). Las estrategias de afrontamiento no se han de considerar negativas en si mismas, sólo lo llegan a ser cuando su uso es constante, provoca sufrimiento adicional y es un impedimento para seguir evolucionando.

Cuando se ha de determinar si una estrategia de afrontamiento es adecuada o no se ha de tener en cuenta que éstas varían en función de si la persona es un hombre o una mujer. Las mujeres expresan sentimientos y buscan el apoyo externo con la pareja, los amigos o los profesionales de la salud; en cambio, los hombres intentan racionalizar y buscar explicaciones. Los valores que se transmiten en la mayoría de culturas han influenciado negativamente, sobretodo en lo que concierne a los hombres, a los cuales se les atribuye serenidad y valentía y el hecho de no manifestar los sentimientos y las emociones. 

Evitar peligros y prevenir riesgos / capacidades biofisiológicas y psicológicas

La acción terapéutica del paso del tiempo

“El tiempo lo cura todo”, dicho así, es una frase vacía y no ayuda a quien sufre una situación de duelo. Pero hay razones culturales de esta expresión que la llenan de sentido y está bien prestarles atención.

Josep Maria Esquirol, profesor de filosofía de la Universidad de Barcelona, en el libro El respirar dels dies, hace una extensa reflexión sobre el tiempo y la vida. Estas son algunas de las reflexiones que pueden ayudar:

El tiempo cura porque ofrece tiempo para la reflexión y da la oportunidad de rehacer la vida. El tiempo repara porque permite recuperarse de la conmoción, el aturdimiento y de la rabia que uno siente. El tiempo cuida de nosotros, de las pérdidas, de los desamores, de los desengaños, de los fracasos, de las heridas abiertas, etc. El tiempo nos cura del dolor insoportable y del sufrimiento por la muerte de una persona querida. Es humano pensar y desear que pase el tiempo cuando el ahora y el aquí son dolorosos. El tiempo empuja hacia adelante y no hay retorno, y nos brinda también una fuente continua de novedades, si estamos abiertos a ello. El tiempo desplaza las preocupaciones para asumir nuevos retos. El tiempo es cómplice del olvido. El tiempo cura solamente dejando pasar los días.


Los expertos en los temas de duelo proponen adoptar una serie de actitudes que facilitan la elaboración del proceso:

  • Darse permiso uno mismo para sentirse mal. No escaparse de lo que se siente y permitir el llanto, no esconder el dolor y compartir la tristeza. El llanto actúa como válvula liberadora de la tensión interna. 
  • Normalizar la pérdida y creer que es apropiado experimentar tanta tristeza. 
  • Prepararse para las recaídas. Tener especialmente cuidado de los días señalados, como los cumpleaños, las navidades, las fiestas familiares, etc. 
  • Buscar personas que permiten expresarse tal y como uno se siente en el momento concreto. 
  • Sentir las emociones intensamente. Los sentimientos intensos como respuesta a la situación de duelo no son un desequilibrio emocional. 
  • Aprender a vivir con la pérdida y tomar las propias decisiones. Independizarse emocionalmente de la persona o el objeto perdido y establecer nuevas relaciones. 
  • Darse tiempo, no querer correr ni saltarse etapas, darse tiempo para que las cosas maduren y saber esperar.
  • Probar nuevas actividades. Es un proceso de ensayo y de error, de disciplina, más que de motivación. 
  • Tener un objetivo claro y cumplirlo. 
  • Si la pérdida se refiere a una persona que ha muerto, encontrar la manera de recordar y mantener vivo el recuerdo sin que haga daño, sencillamente tenerla presente, poder hablar de ella, buscar rituales sencillos para recordarla como (encender una vela, poner flores, etc.). 
  • Reorganizar las cosas personales de la persona que ha muerto. No delegar este trabajo a otros; es bueno hacerlo cuando la situación lo permite. 
  • Aprender a protegerse de las situaciones y de las personas que alteran el estado de ánimo, que inquietan y molestan, por ejemplo, situaciones donde hay mucha gente o personas que hablan mucho y dicen que es lo que se ha de hacer sin dejar espacio para la reflexión.
  • Tener presente que el apego al mundo conocido es un síntoma de inseguridad; sólo se conoce el pasado y quedarse en el pasado impide la evolución y conduce al estancamiento. 
  • Participar en terapias de grupo que ayudan a compartir y entender lo que se siente. 
  • Identificar sentimientos exagerados y pedir ayuda si es necesario. 
  • Consultar al equipo de salud para descartar una enfermedad o el inicio de un duelo disfuncional si se prolonga en el tiempo (durante los primeros seis meses han de haber cambios y la aceptación de la pérdida se ha de haber producido durante los dos primeros años). Consultar al equipo de salud si no se dan las manifestaciones cognoscitivas, afectivas, fisiológicas y conductuales normales del proceso de duelo.


Cuando la persona que vive el duelo es un niño o un adolescente, es importante: 

  • Explicar bien lo que ha pasado y dejarle claro que la pérdida es irreversible y que la persona que ha muerto nunca volverá. 
  • En caso de que haya rituales, proponerle que asista a ellos. Esto le ayudará a entender mejor la pérdida e iniciar de forma más eficaz la elaboración del proceso de duelo. 
  • Permitir ver el cuerpo de la persona o el animal de compañía que ha muerto, siempre que lo pida. 
  • Ayudarle a expresar todo lo que siente y dejarle claro que se le seguirá cuidando. 
  • Contestar a todas las preguntas que haga y dejarle claro que él no es el responsable de lo que está pasando. 
  • Respetar la forma en que vive la pérdida. En general, los niños expresan el sufrimiento no tanto con la manifestación de sentimientos sino con un cambio de comportamiento y de actitud: cambios a la hora de comer, de dormir, de salir, cambios en el carácter, en el rendimiento escolar (bajo rendimiento, que a menudo es temporal).

 

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Última modificación: 24/07/14 12:21h